En México, una de mis grandes decepciones fue Acapulco. La única, porque el resto de mi estadía fue más grato. La ciudad de México es impresionante y el resto de poblaciones que conocí no defraudan a nadie.
De Acapulco yo tenía la imagen de toda una vida leyendo las reseñas de las agencias de turismo, las vistas de las películas mexicanas, primero en blanco y negro, y luego en pantallas panorámicas y a todo color.
Desde el De Efe, hasta Acapulco son seis o siete horas de viaje. Lo hice en un pullman parecido a el que sale en una de las películas de Marilyn Monroe. Salimos de Ciudad de México a las 11 de la noche, para amanecer en Acapulco.
Llegamos a la Terminal en la capital del Estado de Guerrero, salí emocionado y apresurado hacia la playa. Y comenzó el acabose del encanto. Para llegar a la Playa caminé como dos cuadras y al llegar a la costanera, pude apreciar que la mayoría de las calles laterales eran de tierra. Estamos hablando de los años 80, no de la época de Pancho Villa. La arena de la Playa es gruesa, nada fina, y la pendiente bastante pronunciada. Y el oleaje bastante fuerte. Me mojé los pies, procurando no golpearme mucho con piedrecitas un poco más grandes que se alborotaban cada vez que una ola rompía en la orilla.
Cuando salí al boulevard, para ubicar un alojamiento modesto, acorde con mi presupuesto, vino el otro impacto: un carro se orillo a la banqueta (acera) y sus ocupantes me hacían señas para que me acercara y me decían, con acento gringo: Maria, Maria. Al principio pensé que me estaban insultando. No tal, me confundieron con un proveedor de marihuana.
La población local se distinguía fácilmente de los turistas. Su vestimenta era bien modesta y caminaban apresuradamente y con la cabeza baja, como pude ver que la mayoría de las personas humildes lo hacían en México.
El contraste con todo lo que ofrecían las agencias de viaje, los trípticos de turismo y las escenas de las películas era tan grande, que de una cambié mis planes de pasar varios días en Acapulco y me fui a la Terminal de buses para reservar el viaje de regreso para esa misma noche. El Acapulco prefabricado con las escenografías de grandes hoteles, iguales a los de todas partes del mundo no era para mí.
Y en el viaje de regreso, el colmo. El aire acondicionado del bus se dañó. La azafata, amablemente, ofreciendo disculpas, abrió las ventanillas. Uno de los pasajeros, mexicano, que estaba dormido, cuando se despertó y vio la ventanilla abierta, reclamo de manera airada e insultante a la muchacha, a pesar de las explicaciones amables y apenadas de ella. La llamó “igualada”, insulto humillante para cualquier mexicano, y amenazó con hacerla despedir al llegar a Ciudad de México. Casi que la golpea.
Intervine en defensa de la muchacha y acusé al pasajero de insensible, recordando que estaba dando un espectáculo que dejaba muy mal a su país, ante los extranjeros que viajábamos en el pullman.
Total, ese viaje fue el sueño roto de un Acapulco que solo existe gracias a una excelente promoción, presentado como el paraíso que realmente no es.
¿Y toda esta perorata que tiene que ver con Varadero? Mucho. En primer lugar, al viajar a Cuba, había cosas que deseaba hacer y sitios que deseaba conocer. Y sitios que, definitivamente, no quería conocer. Entre ellos Varadero.
Pero no pensaban así Roque y su familia. Y como contrariarlos una vez más. Ya me había negado a ir a otros sitios donde pensaban llevarme y me apenaba negarles el gusto de mostrarme Varadero.
De manera que aquí estábamos en el principal sitio del turismo internacional en Cuba.
En Varadero la zona de grandes hoteles y el poblado original comparten la extensa playa de fina y cálida arena. En la misma población, abundan hoteles pequeños y otras instalaciones atractivas para los turistas. Los mercados de artesanías abundan, igualmente agencias de banco, casas de cambio, alquiler de motos, bicicletas restaurantes playeros, centros comerciales, cafeterías y merenderos. Todas las calles están pavimentadas y el aseo es impecable. El pueblo y el gobierno cubano están conscientes de la vitrina que es Varadero y se esmeran en cuidar el aspecto de una de sus principales fuentes de ingreso.
A pesar de ser temporada baja, no faltaban los buses de turismo internacional. Acapulco cuenta con un aeropuerto internacional que recibe vuelos directos desde Europa. Y desde La Habana recibe el contingente de turistas que ingresan por el Aeropuerto Internacional José Martí.
Algo característico en Cuba, es que en los sitios emblemáticos del turismo, la población local habita y hace su vida imbricada con las actividades de los visitantes. En La Habana Vieja, las escuelas, los centros de salud, los tan denigrados CDR y las viviendas particulares ocupan gran parte de las edificaciones habitables. Igual sucede en Varadero. Las escuelas realizan sus actividades paralelamente al turismo. Y de ello resulta un cuadro de cotidianidad que es presenciado y vivenciado, como en ningún otro país de los que he conocido, por los visitantes.

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Niños cubanos, con sus maestras, de regreso a su escuela de una actividad extramuros, en la Playa de Varadero
Escribo esto, mientras escucho a Silvio Rodríguez en el reproductor del pc y pienso en sus recientes declaraciones sobre las restricciones en el acceso de ciudadanos cubanos residentes a los grandes hoteles turísticos. Muchos cubanos de a pie me comentaron, en mi estadía en diciembre pasado, críticas y argumentos semejantes: si tenemos los pesos necesarios, ¿por qué no nos dejan entrar?
Ante esa, y muchas críticas sobre otros aspectos, me reservaba mis opiniones. Meterme a opinar, en Cuba, sobre sus asuntos, era irrespetar las decisiones y opiniones de un pueblo que me acogía con entera confianza y afecto. Creo conocer algunas de las razones por las cuales existen las restricciones de acceso a hoteles y otros sitios reservados al turismo internacional, y conocí y experimenté los modos y la maneras en que se compensan internamente tales restricciones, maneras y modos que no se mencionan en la media internacional, pero considero que es un asunto de los cubanos y solamente a ellos corresponde discutirlo y decidir al respecto.
Lo que reclamo como venezolano, tengo que respetárselo a otros pueblos, y mucho más cuando son amigos y estamos en la misma lucha.

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Edificaciones de Varadero

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Pequeños hoteles en Varadero.

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Una calesa, infaltable del turismo en Cuba

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Portales de un mercado de artesanías

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Iglesia Santa Elvira, Varadero, Cuba

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Jacobo, con gorra azul, con el hijo de Roque, por las calles de Varadero

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Arena, palmeras y parasoles ecológicos en Varadero

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Otro infaltable en Cuba. Carro años 50 en Varadero

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Estación de servicio, Varadero

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Las limpias calles de Varadero. Jacobo y el hijo de Roque, bajo los letreros

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Los colores del Mar cubano, en Varadero

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Cafetería Vizcaino, en Varadero. Comprando hamburguesas y pizzas

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Trencito para turistas, Varadero

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En la Playa

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Cubaneo, creatividad del cubano

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No me cansaba de observar a los escolares cubanos. ¡Y como se saben expresar! ¡Que sonrisas tan elocuentes!

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Centro Comercial en Varadero

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Arena y Mar en Varadero







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